Las asociaciones de mujeres constituyen un nuevo fenómeno social, político y cultural emergente, y paradójicamente, no suscita el interés que debiera cuando representan uno de los frutos más claros de nuestra democracia.
Esta realidad evidencia, una vez más, la tan aludida invisibilidad femenina en la esfera de lo público.
Por lo que respecta a las asociaciones de mujeres y a su escasa relevancia para según qué científicos sociales, analistas o políticos; según Juliano, esta circunstancia se ha legitimado por una elaboración ideológica que ha actuado a la vez de dos modos: 1) negando la capacidad de las mujeres de mantener vínculos entre ellas y 2) depreciando las relaciones que entre ellas se establecen.
Por su parte, Teresa del Valle apunta algo muy interesante, y es la necesidad de dar visibilidad a esas asociaciones desde un prisma serio y relevante para el estudio de nuestra sociedad, pues es una manera de dar eco a un área de actuación –esta sí- que sólo tiene como protagonistas a las mujeres, sus vidas y su manera de interrelacionarse.
Hay otra idea de Virginia Maquieira, más reivindicativa y más próxima al concepto de movimiento feminista, que plasma el asociacionismo como una herramienta de organización del inconformismo y la rebeldía de las mujeres, que les aporta descubrimientos para su desarrollo personal y la sociedad en la que viven.
Al final, el asociacionismo y los espacios puente son estrategias que las mujeres –muchas veces sin saberlo- realizan como mecanismos de emancipación respecto a sus roles tradicionales, sin que se perciba claramente por parte de su entorno, ese “abandono” de tareas y para que ellas no sientan ese estigma social –culpa-.
De hecho, Teresa alba nos habla de la función social de las asociaciones de mujeres y destaca 3 ámbitos: 1) el personal; que posibilita la salida, por decisión propia, del estrecho espacio del hogar e incorporarse a un colectivo que legitimiza ese pequeño acto de libertad; 2) el grupal; que se configura como un espacio simbólico para la construcción de una identidad propia dentro del colectivo – el “nosotras”- y 3) comunitaria; donde las asociaciones hacen de puente con las distintas instituciones públicas, adquiriendo un protagonismo social que las convierte en sujetos sociales.
Teresa Yeves sitúa las asociaciones de mujeres dentro del movimiento de mujeres y, desde el punto de vista social –que es el que nos ocupa- cumple con las características que todo movimiento reúne –incluso con sus considerables diferencias-.
Por su parte, Molyneux apunta 5 factores fundamentales por los que se ha producido la aparición de un movimiento de mujeres: 1) las configuraciones culturales imperantes, 2) las formas familiares, 3) las formaciones políticas, 4) las formas y el grado de solidaridad femenina y 5) el carácter de la sociedad civil en el contexto regional y nacional.
Estas circunstancias han conformado a distintos colectivos de mujeres, que al asumir metas colectivas y ocupar distintos espacios sociales –grupos, tradicionalmente, excluidos de la esfera pública- irrumpen en el ámbito de la sociedad civil –organizada-. A través de estas asociaciones, se muestran realidades hasta ahora invisibilizadas y que consiguen llevar a los cuadernos políticos cuestiones que, hasta ahora, no se contemplaban.
El tradicional eslogan feminista “lo personal es político” adquiere una concreta importancia en el caso de las asociaciones de mujeres, pues éstas contribuyen a desarrollar el sentido crítico, la toma de conciencia, la autonomía y/o el compromiso social. Como apunta, Teresa Alba, no es exagerado asignarles el papel de privilegiados agentes de transformación social.
A partir de los textos de Teresa Yeves: "Movimiento feminista y asociaciones de mujeres" y Teresa Alba: "Las asociaciones de mujeres como nuevo sujeto social".
A partir de los textos de Teresa Yeves: "Movimiento feminista y asociaciones de mujeres" y Teresa Alba: "Las asociaciones de mujeres como nuevo sujeto social".
