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domingo, 23 de junio de 2013

Ensayo: “El poder nunca es individual sino que es “poder de grupo” (Hanna Arendt)

Dolores es una mujer risueña y muy positiva, abrió las puertas de su casa sin ningún tipo de pudor y no dudó en mostrar orgullosa sus dibujos y creaciones. De la misma manera, no costó mucho que abriera su corazón y nos contara aquellos momentos de su vida que le habían marcado y que le habían enseñado tanto.
Para Dolores pertenecer a la asociación AMAT es una manera sencilla de poder relacionarse con otras mujeres, y lo que es más importante para ella, poder realizar gimnasia semanalmente en un centro que es sólo de mujeres y que está muy cerca de su casa.
Conoció la asociación por pura casualidad, su carácter abierto hizo que preguntara a algunas señoras que vio por la calle, cargadas con mochilas, dónde hacían ejercicio y no dudó en acercarse y “apuntarse” –como dice ella-.
Empezar a relacionarse con las mujeres de la asociación, le abrió un mundo nuevo. Surgieron nuevas amistades, con las que habitualmente se reúne, y empezó a practicar deporte de forma activa. Recuperó su pasión por la interpretación –cuando era joven hacia teatro- y empezó a participar activamente en distintas actividades que ofrecía la asociación.

Pese a tener 73 años, Dolores sigue trabajando. Casi todas las tardes de la semana, realiza manicuras a domicilio en Valencia con clientas que tiene desde hace más de 20 años. Este hecho, le imposibilita participar de forma más activa en la asociación.

En el caso de Dolores, la idea de querer y poder participar de forma más activa no hace referencia a ocupar algún cargo dentro de la junta de la asociación, o gestionar alguna actividad; su idea de participación, se limita a poder realizar más actividades como la pintura, que comenta es algo que le encantaría hacer.

Por lo que nos cuenta, no suele participar en las asambleas que convoca la asociación e incluso no sabe muy bien, qué cargos existen dentro de la junta de AMAT.

Esta realidad podríamos conectarla con el término “mutismo sociocultural” del que nos habla Teresa del Valle. Este término hace referencia a una realidad en la que hay grupo dominante y grupo dominado; el primero es el que habla y el segundo permanece callado aunque numéricamente, es posible que sea más amplio que el primero.

Esta realidad es la que históricamente ha imperado en el imaginario colectivo; los hombres serían ese grupo dominante que habla y tiene visibilidad, mientras que las mujeres pertenecerían al grupo dominado que se mantiene callado e invisible en el ámbito de lo público.

Pese a que la dicotomía público/privado en el momento existente, requiere de muchos matices, ya que en nuestra sociedad actual existen trasvases de un ámbito a otro y no siempre se cumple dicha dicotomía -público: hombre; privado: mujer-, sigue imperando dicha lógica en el imaginario colectivo y se sigue relacionando, irremediablemente, a la mujer con la maternidad, la crianza, los cuidados y su necesaria socialización hacia ese rol.

Por tanto, aunque no se mantengan como características universales de lo doméstico –privado-, sigue siendo referencia para muchas mujeres de lo que se espera de ellas y en las prioridades que deben tener en sus vidas. Esto explicaría, por qué muchas mujeres permanecen en sus casas, es decir, no se deciden a salir al ámbito público y así ser visibles en la sociedad civil.

Para muchas mujeres, romper con ese simbolismo social resulta muy difícil, ya que sienten que están fallando y decepcionando a sus familias. En definitiva, son  víctimas de ese estigma social que les advierte de que no están cumpliendo con el rol prioritario que tienen como mujeres y madres.

La interiorización de dicho rol, imposibilita que muchas mujeres “rompan” con lo que “tradicionalmente” se espera de una mujer y se decidan a salir al ámbito público. De la misma manera, es gracias a las asociaciones de mujeres por lo que muchas han conseguido “romper” y salir de ese ámbito del hogar para dedicarse a ellas mismas, sin sentir el estigma social. Las asociaciones se convierten en “espacios puente”, que permiten a las mujeres salir de sus casas, a la vez que siguen ocupando un rol “típicamente” femenino de esposa y madre.

Las asociaciones, constituyen la parte visible de los movimientos sociales, que se encuentran en una esfera más profunda. El surgimiento de la ideología asociativa coincide con el ascenso de los valores post-materialistas –último tercio del s. XX- y Barthélemy explica dicho surtimiento ideológico como consecuencia de que el Estado deja de ser el único representante del interés general – intereses que pasan a ser parte de las organizaciones ciudadanas-.

El espacio asociativo se construye simbólicamente en torno a la noción de intereses colectivos y de la doble depreciación de lo público y lo privado. E. Bott definía el espacio social como el área más o menos limitada dentro de la cual el individuo goza de un grado relativo de autonomía. La ideológica asociativa, conforme va calando en el tejido social, favorece el desarrollo de nuevas miradas sobre la imagen de la sociedad, lo que va a permitir ir realizando pequeños cambios en la estructura patriarcal.

Jürgen Habermes y John Rawls definen la sociedad civil, como el espacio intermedio entre el estado y el ámbito doméstico. La realidad asociativa permite algo tan importante como la posibilidad de ser visibles en la sociedad civil; de hecho Teresa Alba, asigna a las asociaciones el papel de privilegiados agentes de transformación social.

Estas nuevas visibilidades sociales suponen el aprovechamiento de la forma que tienen las mujeres de percibir la realidad y expresarla de forma distinta a aquellos que han dominado históricamente. A través de asociaciones voluntarias se recoge la experiencia directa y vital de las mujeres mediante sus vivencias y sus interacciones, que en muchos casos, se pueden plasmas en relatos, hablados o escritos, y en actividades intelectuales que las hacen expresarse y conocerse a ellas mismas.

Las reflexiones que podemos extraer, de lo que para Dolores representa pertenecer a la asociación son muchas y muy variadas. En su caso, resulta muy interesante compararlo con las funciones sociales que, según Teresa Alba, cumplen las asociaciones y que hacen referencia a 3 ámbitos:

1) Personal; que posibilita la salida, por decisión propia, del estrecho espacio del hogar para incorporarse a un colectivo que legitimiza ese pequeño acto de libertad, que en muchos casos no es entendible por los familiares. Esto es, evitan enfrentarse al estigma social, del que hablábamos antes, que supone para muchas mujeres salir de sus casas por iniciativa propia.

En el caso de Dolores, incorporarse a la asociación supuso mejorar su autoestima al verse valorada y reconocida por otras mujeres; vio ampliadas, significativamente, sus relacione sociales al entablar nuevas amistades y encontró un espacio propio –sólo suyo-. Por tanto, para ella AMAT cumple funciones hasta terapéuticas –emocionales-, sin olvidar la función cultural que ella valora profundamente.

2) Grupal; que se configura como un espacio simbólico para la construcción de una identidad propia dentro del colectivo – el “nosotras”-. Esto hace referencia, a la percepción individual de tener algo propio -ajeno al ámbito doméstico/familiar- y en común con otras mujeres. De alguna manera, se tiene la percepción o la ilusión de que entre todas, se pueden hacer muchas cosas, resolver problemas o abordar proyectos que, de forma individual, sería imposible.

La socióloga Soledad Murillo, afirma que estas organizaciones “representan un lugar donde disponer de un tiempo para sí, donde mantener relaciones sociales con otras mujeres fuera de la mirada masculina”. Esto último, conecta muy bien con lo que Dolores nos comentaba en la entrevista; ella se sentía muy bien en esta asociación porque eran todas mujeres; y esto significa poder estar en un ambiente relajado y lejos de miradas masculinas que puedan sojuzgarlas. En estos casos, la unión les da la fuerza.

3) Comunitario; donde las asociaciones hacen de puente con las distintas instituciones públicas, adquiriendo un protagonismo social que las convierte en sujetos sociales. Para Teresa Alba, el eslogan feminista “lo personal es político” adquiere especial transcendencia es estas asociaciones, que contribuyen a desarrollar el sentido crítico y la toma de conciencia y que difunden valores como la autonomía del compromiso social.

Estas circunstancias han conformado a distintos colectivos de mujeres, que al asumir metas colectivas y ocupar distintos espacios sociales –grupos tradicionalmente excluidos de la esfera pública- irrumpen en el ámbito de la sociedad civil –organizada-, teniendo la posibilidad de mostrar una realidad hasta ahora invisibilizada y que consigue llevar a los cuadernos políticos cuestiones que, hasta ahora, no se contemplaban.

A este respecto, Teresa del Valle nos advierte que las mujeres viven en redes que les unen a otras mujeres por lazos diversos de parentesco y consanguinidad, así como de amistad y de trabajos comunes, pero que frecuentemente se han menospreciado o negado su existencia –esfera privada-, contrariamente a las redes creadas por los varones se les han atribuido una relevancia que potencia la presencia masculina en el espacio público. 

Esta diferente valoración o forma de socializarnos, conlleva que las mujeres que sí se asocian y sí viven en red, no sean protagonistas. Teresa del Valle lo califica de mutismo sociocultural –como ya hemos señalado- y nos cuenta, que para vencer ese mutismo resultan enormemente importantes los “espacios puente”, que se configuran inicialmente en función de las delimitaciones establecidas entre lo doméstico y lo exterior y entre lo privado y lo público.

Sin embargo, en el caso de Dolores, ella participa haciendo gala de un mutismo social dentro de la misma organización; para las mujeres que participan de esta manera en las asociaciones ¿hay una toma de conciencia con el compromiso social?, ¿se puede dar un cambio real en la toma de conciencia de estas mujeres?

Podríamos decir que hay una extensión de ese mutismo sociocultural del que hemos hablado, dentro de las propias asociaciones de mujeres. La participación de éstas en la organización no es análoga; en el caso de Dolores, no hay un interés por ocupar un cargo, por hacer oír su voz, porque su asociación tenga un carácter reivindicativo ante la sociedad civil; responde al rol de asociada que se mantiene en un segundo plano, en el que también es invisible.

Si comparamos una asociación de mujeres con una de hombres, entre otras, la mayor diferencia estribaría en la forma de participar en la asociación. Entre los varones, sí hay una predisposición por asumir el mando, por querer ser visible o porque su voz se oiga –pese a no tener nada interesante que ofrecer-.

Por tanto, las mujeres que participan de esta manera en sus asociaciones, ¿realmente sienten una transformación vital?
En mi opinión sí.

La importancia de estos espacios-puente que son las asociaciones es mucha; conllevan a la debilitación de los límites establecidos socialmente para la sociabilidad de las mujeres y ayudan a alcanzar una mayor fluidez entre los espacios, así como el apoyo que suponen para el cambio. Además, sirven para iniciar la verbalización de sus modelos, la formalización y la reivindicación como asociación.
La importancia del asociacionismo para el empoderamiento femenino radica en la posibilidad de entrar en el sistema de redes interconectadas que son necesarias para el cambio; se trata de pasar de lo informal a lo formal, de lo local a lo global y de lo privado a lo público. En el caso de Dolores, aunque de una manera más pasiva, ha conseguido pasar de lo informal a lo formal, ya que es socia de una asociación legalmente constituida; de lo local a lo global, ya que aunque ella no sea consciente, su asociación pertenece a esas redes interconectadas que forman parte del movimiento de mujeres; y de lo privado a lo público, ya que ha dado ese paso en el que se halla la diferencia entre pertenecer a la sociedad civil o no.

Lo más importante del proceso de asociacionismo, son los pasos de cambio personal y colectivos –como apuntaba Teresa Alba- que se generan a través de actividades que de manera directa no responden a reivindicaciones feministas. Las propias mujeres que se asocian no son conscientes de este componente feminista, pero lo cierto es que los beneficios que de esto se desprenden tienen mucho que ver con un movimiento emancipatorio propio de los postulados feministas. Dolores, a través de su asociacionismo – aunque no sea consciente- está contribuyendo al cambio social y al empoderamiento femenino –el propio y el colectivo-.

 De hecho, el movimiento feminista ha tenido una gran incidencia en los diferentes espacios puente con los que, tradicionalmente, han contado las mujeres – de carácter informal y basados en relaciones de amistad, vecindad, de ocio o trabajo-. La situación del feminismo es absolutamente variada y sus características varían social y culturalmente. Sin embargo, la gran expansión en todo el mundo, de lo que se denomina Movimiento Amplio de Mujeres recoge con fuerza las posibilidades de empoderamiento femenino, y como hemos apuntado las asociaciones pertenecen a esas redes que tejen el movimiento amplio de mujeres.

Dicho movimiento, igual que el feminismo se caracteriza por formas de organización y de lucha que transcurren en diferentes espacios y temporalidades, con objetivos que van desde la mejora del bienestar familiar y comunal hasta objetivos a más largo plazo en relación a la subordinación, -y que tienen también- una presencia desigual en la escena social; plantea diferentes demandas, incluso contradictorias y no siempre expresa de forma evidente reivindicaciones que apunten a transformar las relaciones de género, como apunta Virginia Maquiera.

Sin embargo, pese a las diferencias que separan a estas formas de participación, todas se construyen y legitimizan sobre el mismo elemento: el rol tradicional de las mujeres de cuidadoras y defensoras del hogar.

Hay otra idea que señala Virginia Maquieira, más reivindicativa y más próxima al concepto de movimiento feminista, que plasma el asociacionismo como una herramienta de organización del inconformismo y la rebeldía de las mujeres, que les aporta descubrimientos para su desarrollo personal y la sociedad en la que viven; es con esta reflexión con la que me quedo después de haber entrevistado a Dolores. Ella no se ha conformado con el rol que tradicionalmente se establece para ella; su pequeño acto de rebeldía ha conseguido que se descubra a sí misma y tenga la necesidad de desarrollarse personalmente, de saber que su bienestar personal no sólo pasa por ser una buena madre y esposa; y es precisamente este cambio en la percepción de las cosas, lo que contribuye al redescubrimiento de la misma sociedad en la que ha vivido durante 73 años, es decir, de tener conciencia de que las cosas evolucionan y de que todo es proclive a ser cuestionado.

 La realidad asociativa de las mujeres en la ciudad de Valencia como podemos ver en el texto de Teresa Yeves “Recuperando la memoria histórica”, responde a la complejidad con la que define Maquieira al movimiento amplio de mujeres, y define las variantes asociativas haciendo referencia a distintas características:

La diversidad de sus actividades y de sus trayectorias ideológicas.
Los diferentes objetivos específicos.
La diversidad de metodologías y campos de incidencia.
La variedad en su ubicación espacial.
Los colectivos claramente diferenciados de mujeres.

Pese a esta diversidad entre las distintas asociaciones, Maquieira mantiene que hay entre ellas “un factor dinamizante y aglutinador que responde a un denominador común y que se puede resumir de la siguiente manera: una serie de necesidades y demandas a las que las mujeres quieren dar respuesta. Este factor común de la actividad organizada de las mujeres refleja implícita o explícitamente un cuestionamiento de las relaciones de género vigentes que se manifiesta a través de tres ejes diferenciados pero que a menudo se solapan:

1) La reivindicación de identidades negadas.
2) La necesidad de dar solución a las carencias acumuladas.
3) La identificación solidaria con las mujeres más desfavorecidas.

Estos tres ejes los hemos visto reflejados en la historia que Dolores nos ha relatado y, en la innegable importancia que estar asociada tiene para ella; importancia que va más allá de ocupar un cargo en la junta de la asociación o participar en una asamblea, supone un cambio interno que le devuelve una identidad negada o falseada por una cuestión cultural.

Como nos apuntaba Maquieira, hay una gran disparidad de asociaciones y de mujeres que las frecuentan, de la misma manera existen grandes contrastes en los motivos primeros que las llevo a cada una a asociarse. Estas mujeres, ni se definen como feministas, ni tienen la percepción de que están realizando un acto de “revolución” que hace veinte años hubiera sido imposible llevar a cabo y, que con esos hechos están cambiando el discurso que ha venido repitiendo el patriarcado desde tiempos inmemoriales.

Al final, el asociacionismo y los espacios puente son estrategias que las mujeres –muchas veces sin saberlo- realizan como mecanismos de emancipación respecto a sus roles tradicionales, sin que se perciba claramente por parte de su entorno, ese “abandono” de tareas. Resulta muy interesante, visto desde fuera, cómo éstas mujeres no son conscientes de que lo que están haciendo significa una clara transgresión del orden patriarcal.

Con ese acto emancipatorio, están contribuyendo a la reestructuración del espacio de la familia, lo que afecta directamente al universo simbólico que cada miembro de la familia ha interiorizado siempre y para el cual se le ha socializado.
Estos cambios simbólicos suponen un claro avance en clave de igualdad. Como afirma Hannerz “ahí donde se dé una gran diversidad de roles, las personas están más preparadas para encarar tensiones y conflictos nuevos, poseen una capacidad adaptativa a nuevas circunstancias; mientras que donde se dé una menor diversidad de roles, es fácil que haya soluciones más institucionalizadas a los conflictos y problemas”.
En el caso de las mujeres que salen de sus casas y están en contacto en las asociaciones con: nuevas amistades, nuevas experiencias, conocimiento, cultura, etc.; esta forma nueva de percibir una realidad de manera más amplia, les permite hacer el ejercicio de ver las cosas con distancia. Estos nuevos aprendizajes precisan de unos espacios y tiempos donde las personas estén expuestas a experiencias más amplias que les permitan percibir, aprehender y evaluar situaciones anteriores desde otras perspectivas.

Como apunta Teresa del Valle, el asociacionismo posibilita la asunción de protagonismos que ayudan a diferenciarlo de una mera participación. El protagonismo indica el erigirse en sujetos de aquello en lo que se quiere incidir, transformar, cambiar. Una pueda colaborar sin ser protagonista mientras que el protagonismo sí que encierra participación.
Las mujeres han sido más participantes que protagonistas a lo largo de la historia, y en mi opinión Dolores – y muchas mujeres como ella- han eligió ser protagonistas.


domingo, 7 de abril de 2013

EL GÉNERO EN EL DISCURSO PUBLICITARIO


El sistema sexo/género, tanto como construcción sociocultural como aparato semiótico,

“es un sistema de representación que confiere significado (identidad, valor, prestigio, posición en el sistema de parentesco, estatus en la jerarquía social, etc) a los individuos de una sociedad dada. (….) el género tiene la función (que lo define) de constituir individuos concretos, es decir, hombres y mujeres”. (De Lauretis, 2000: 43)

El género para De Lauretis, es entonces “un complejo de costumbres, asociaciones, percepciones y disposiciones que nos generan como mujeres [u hombres]” (ibíd: 54) y su construcción “es al mismo tiempo el producto y el proceso de su representación” (íbid: 39). El género como sistema de sentido de cada cultura en sus procesos simbólicos, traduce desigualdades y ayuda a mantener una estructura de poder y biopolítica –en términos de Foucault- desde el patriarcado, realzando la imagen del hombre como propietario de la cultura. Foucault se referirá a este tipo de categorías culturales como tecnologías, como conjunto de procedimientos, mecanismos y técnicas regulados para el control de la realidad, desplegados por el poder y que actúan no sólo en lo simbólico sino en lo físico, es decir, en la propia producción del cuerpo (Lauretis, 2000). La idea de tecnología foucaultiana se desarrolla al estudiar la “sociedad disciplinaria” y la forma en que históricamente constituye al “sujeto-sujetado” y que a partir de “técnicas de poder”, se interesan en orientarlos y dirigirlos en una dirección continua y permanente (Foucault, 1990). Es en este escenario en el que se ubican las tecnologías del yo que:

“permiten a los individuos efectuar, por cuenta propia o con la ayuda de otros, cierto número de operaciones sobre su cuerpo y su alma, pensamientos, conducta o cualquier forma de ser, obteniendo así una transformación de sí mismos con el fin de alcanzar cierto estado de felicidad, pureza, sabiduría o inmortalidad” (Foucault, 1990: 48).

De manera análoga a la propuesta foucaultiana, Teresa De Lauretis (2000) construye el concepto “tecnología del género” para aludir a la poderosa tecnología de los discursos sociales. En su texto: “La tecnología del género” afirma que, tanto el género como la sexualidad no son propiedades de los sexos sino que, más bien, son efectos que se producen en los cuerpos, los comportamientos y las relaciones sociales a consecuencia del despliegue de una compleja tecnología política. El concepto de “tecnología de género” es un poderoso elemento en la comprensión de la publicidad como ámbito de exclusión, discriminación y segregación de género, pues permite entender no sólo la creación de un sesgo difrenciador entre sexos –presente casi desde su aparición- y un sistema de significación que define los valores y características del mundo sexuado, así como la producción material de los cuerpos mediante prácticas disciplinarias que realzan rasgos particulares y cuya principal función es representar el género en el seno de la vida social. Los aportes de Iris Marion Young, Teresa de Lauretis, Michel Foucault y Giulia Colaizzi pueden ayudar a entender y orientar mejor esta reflexión.
Los arquetipos – que van desde lo corpóreo y permean el campo de lo político y la participación en el espacio público, la identidad colectiva, el comportamiento, las normas, los rituales y signos, la victoria, el triunfo y la razón- han sido construidos por y en el desconocimiento de lo femenino y se encuentran a través de la historia en continuo cambio y transformación, como producto de las necesidades y de la socialización que se gestan en el núcleo y seno de las relaciones de género.

“Como a Prometeo, a los hombres se les ha atribuido la facultad simbólica de robar el fuego a los dioses. El guerrero que vence al enemigo, el donjuán que seduce a las mujeres, el científico que doblega a la naturaleza, el técnico que la remodela o el homus económico que calcula cuándo ama y cuándo invierte, todos los arquetipos viriles suelen hacer hincapié en manifestaciones de un poder humano sobre algo” (Bourdieu, 2000 Citado por Martín, 2011: 87).


La publicidad, reproduce el constructo género desde prácticas discursivas, normatividades, representaciones, actividades, imágenes, entre otras, que se materializan y se vuelven corpóreas a partir de formas de vida, ocupación del espacio, etc. Como tecnologías del género, historiza los cuerpos, determinan las formas en que su uso se prescribe, los semiotiza, hace que cada cuerpo signifique lo prescrito tanto para sí como para los otros, y esa delimitación articula y determina sus posibilidades. En este contexto, la sexualidad no es física ni biológica, sino efecto de la estructura de la fantasía: una producción fantasmática de significantes encarnados, como bien diría De Lauretis (Moreno, 2011).

La publicidad, se convierte en tecnología de género porque discrimina a las mujeres creando una segregación entre la publicidad dirigida a los hombres y la dirigida a las mujeres, ya que codifica y establece actividades y estilos entre hombres y mujeres que terminan por reproducir representaciones sociales del género que afectan a los individuos respecto de sus cuerpos, prescribiendo la fuerza como masculinidad y la fragilidad como feminidad (Moreno, 2011).

Desde el punto de vista performativo –nuevamente en términos de Butler (2001)-, las imágenes que muestra la publicidad que reproduce los estereotipos masculinos y femeninos nos revelan una representación artificial, que ejerce un poder fascinante que transforma a los sujetos y frente al que en muy pocas veces hay resistencia o censura y donde se termina por identificarse con esos sujetos –mujeres y hombres- como la imagen deseada. Estos estereotipos son un ejemplo claro de representaciones que configuran universales concretos a los que deben adscribirse los sujetos “válidos” para la sociedad y que no hacen más que, como proceso discursivo y biopolítico, posibilitar la persistencia de configuraciones hegemónicas. Así probablemente los niños/as están más expuestos –de forma mediática especialmente- a los mensajes y discursos distintos que se lanzan para hombres y para mujeres, que irán imitando esperando la aprobación hacia su comportamiento por parte de sus padres, familiares y amigos dentro de su contexto más cercano. 

Por ello es importante el detenernos a analizar la forma en que los medios de comunicación representan y construyen modelos de feminidad o masculinidad en la cultura, el efecto que produce entre niños, niñas y jóvenes y el contexto en el que se producen estos modelos, las estéticas, lo económico, el consumismo, etc., y hasta qué punto éstos medios cambian las representaciones que tenemos de mujeres, hombres y de los/as otros/as.
No debemos perder de vista que el discurso publicitario posee una gran fuerza de persuasión, que influye en la transmisión de valores y creencias, y que por ello es tan importante erradicar de este lenguaje tan cotidiano los estereotipos y clichés que promueven las desigualdades socioculturales.

viernes, 2 de marzo de 2012

La perspectiva post-estructuralista.

La intención de comparar el cuadro de Ángeles Santos “La tertulia”, con el de José Gutierrez Salano “La tertulia del Café Pombo” es hacer alusión, de una manera pragmática, a cómo ven el mundo los hombres y las mujeres; o lo que es lo mismo, lo distinto que ven la realidad hombres y mujeres, desde el rol que socialmente se ha construido para cada sexo.



El género es un constructo que ha sido contemplado desde diferentes disciplinas científicas, como herencia de la importancia que la dicotomía hombre-mujer ha tenido en todas las culturas desde la Antigüedad hasta nuestros días. Construido como un instrumento social, no sólo tiene efectos colectivos -en tanto ha definido dos grupos de seres humanos con diferentes roles y espacios respectivos- sino también individuales -al constituir el núcleo de la identidad personal de cada individuo-.
Para Judit Butler, el género es  performativo -escenificativo- teatralizado, es decir, el género es lo que haces, no lo que eres. Esta autora entra dentro de las intelectuales Postmodernistas, ya que no cree en la pre-existencia de un núcleo de identidades determinadas y estrechas, es decir, en las categorías; cree en realidades complejas, múltiples y dinámicas. Butler nos dice que el género o la sexualidad no son determinados por el sexo biológico, sino por una construcción social.

Las diferencias entre ambas escenas son evidentes y subyacen de una desigualdad profunda. En “La tertulia” de Santos vemos a mujeres leyendo, fumando, pensando, discutiendo; son mujeres intelectuales que deben hacer sus tertulias en un ámbito doméstico, ya que era el único que, socialmente, estaba aceptado para las mujeres. Ángeles Santos inmortaliza este momento de la tertulia femenina con una viveza extraordinaria, probablemente porque ella vivió esta tertulia como mujer artista e intelectual en los años veinte y treinta, y fue parte de aquella sociedad patriarcal española.
Por el contrario,  en “La Tertulia del Café Pombo”  que es exclusivamente masculina, los hombres que participan en la discusión están vestidos de negro, con traje y corbata, con una actitud  muy formal, tomando café y  buenos licores. Sus caras están tensas y adquieren el rol de intelectuales, como demuestran sus gestos y la disposición de sus cuerpos. Los colores de la obra son oscuros, lo que proporciona un aspecto muy sobrio y hasta con un toque soberbio a la obra.
Ambas obras, nos sirven para comprobar la visión distinta de la realidad que un hombre y una mujer, coetáneos, tienen de un mismo acto. En este sentido, cada uno expresa la vivencia personal que tiene de determinada actividad que se lleva a cabo, en la vida de cualquier miembro de la burguesía española de principios del siglo XX. Estas diferencias, a la hora de escenificar un determinado momento hacen alusión a lo cultural, es decir, está condicionado por el marco de una sociedad que mantiene un sistema de valores basado en lo masculino.


“La tertulia” de Ángeles Santos
“La tertulia del Café Pombo” de José Gutiérrez Solano
·   Aspecto informal y distendido de la escena.
·   Se representa en un espacio privado.
· El espacio privado se percibe como un espacio propio de estas mujeres.
·   La tertulia transcurre en un ambiente relajado, de proximidad entre las mujeres y donde no se percibe posición de jerarquía.
            Aspecto formal y rígido de la escena.
            Se representa en un espacio público.
          El espacio público se percibe como un espacio propio de los hombres.
           La tertulia transcurre en un ambiente más tenso, donde no hay una proximidad entre los hombres sino una necesidad de aportar valor a la conversación y demostrar la valía.
En esta escena sí apreciamos cierta jerarquía en la disposición de las figuras.

A este respecto, resulta muy interesante el análisis de Iris Marion Young “Throwing like a girl” (1990), en el que estudia la tendencia de las disposiciones y comportamientos corporales, y muestra cómo se desarrollan las practicas corporales de uno y otro sexo. Entre las conclusiones a las que llega, encontramos que:

·  Los hombres realizan movimientos abiertos y rudos, mientras que las mujeres hacen movimientos más pausados y cerrados como el cruce de piernas, por ejemplo.
·     La locomoción de las mujeres está más concentrada en una parte del cuerpo; las mujeres no tienden a estirar demasiado un miembro para alcanzar los objetos, sino a desplazarse.
·    Las mujeres dudan más de sus capacidades corporales, por lo que pueden llegar a desestimar sus capacidades físicas. Esto es debido a que hay una idea interiorizada de debilidad que excede la capacidad de sus capacidades físicas reales.
·      Los hombres tienden más a arriesgarse y a exponerse a los límites y los excesos,  sus movimientos demuestran menos conciencia corporal, tienen una idea de fortaleza que excede sus capacidades físicas reales; asumen generalmente más retos físicos.

Según Iris Marion Young, estas dos tendencias dicotómicas, son el resultado de la situación de opresión de la mujer y de la esencia patriarcal que define la concepción de la mujer como un objeto, un objeto frágil y delicado. Esta idea que reduce el espacio de la praxis femenina y a la vez permite la invasión de su espacio social- Para esta autora,  la puesta en escena femenina es una construcción social que se recrea en la materialidad corporal de los cuerpos, como una competencia entre ellos.

En las teorías post-estructuralistas francesas, estas feministas aseguran que se reproducen estrategias de carácter androcéntrico, al tratar de definir a las mujeres, caracterizarlas o hablar en su nombre, aun cuando permitamos una visión de diferencias en el género.
Desde esta perspectiva, las definiciones esencialistas de la feminidad, incluso cuando provienen de las feministas, “atrapan” al individuo femenino a su identidad en tanto que mujer, por lo que para estas feministas, ésta idea identitária no puede considerarse una solución al sexismo.
La realidad social en la que, hombres y mujeres, han evolucionado sí da lugar a diferencias o a roles, socialmente, atribuidos para uno y otro sexo. Ya el discurso del s. XVIII, respecto a la determinación del hombre y de la mujer era diametralmente opuesto:

HOMBRE
MUJER
·         Físico: fortaleza, actividad
·         Moral: sentimientos generales –amistad, patriotismo, humanitarismo-, sentimentalidad temperada por la razón.
·         Intelectual: razón abstracta.
·         Social: actividad pública –política, negocios, saber-
·     Físico: debilidad, maternidad.
·    Moral: sensibilidad –propensa al exceso, ternura, amor maternal y conyugal.
·      Intelectual: razón práctica.
·     Social: vida de interior, madre y esposa, guardiana de la moral y las costumbres.

En la actualidad, esta dicotomía hombre-mujer sigue estando presente en todas las esferas de nuestra vida. Quizá no de una manera determinista, pero sí en el imaginario colectivo fruto de la construcción cultural que se hereda generación tras generación. A este respecto, sería muy apropiado señalar la idea de Foucault que dice: “somos seres totalmente marcados por la importancia de la historia”.

Desde los postulados post-estructuralistas se argumenta que el sujeto no es un locus desde el que se originen intenciones creadoras, ni posee atributos naturales, ni siquiera una conciencia individual, privilegiada. Lacan recurre al psicoanálisis, Derrida a la gramática y Foucault a la historia de los discursos, pero todos atacan y “desconstruyen”  el concepto imperante de sujeto.

La crítica que el post-estructuralismo hace de la subjetividad resulta de provecho para las feministas por dos cuestiones. En primer lugar, parece mantener viva la esperanza de conseguir una libertad mayor para las mujeres, de forma que se dé rienda suelta a una pluralidad de diferencias; que circulen libres, sin que exista, al contrario de lo que sucede en el patriarcado o en el feminismo cultural, ninguna identidad de género predeterminada que les ponga trabas y que las constriña. En segundo lugar, da un paso decisivo más allá del feminismo cultural y del feminismo liberal, al avanzar en la teorización de lo que éstos no abordan: la construcción de la subjetividad. En este sentido, el post-estructuralismo nos puede enseñar mucho sobre el funcionamiento de los mecanismos opresivos del sexismo o sobre la construcción de categorías específicas de género al relacionarlos con el discurso social y al concebir el sujeto como un producto de la cultura.

Hasta aquí, las consecuencias positivas que desde esta doctrina podemos extraer. Pero llegados a este punto, es inevitable no hacernos varias preguntas al respecto de la idea que nos transmite dicha corriente de pensamiento. En primer lugar, los post-estructuralistas, al defender que la sociedad construye por completo al sujeto, le privan totalmente de la capacidad de reflexionar sobre el discurso social, y de oponerse a sus determinaciones. Si esto fuera así, el movimiento feminista no habría tenido razón de ser y la condición –socialmente construida de la mujer- no se habría modificado en el curso de la historia.
Precisamente, el discurso post-estructuralista nos anima a deconstruir lo socialmente establecido, a cuestionarnos nuestro papel en la sociedad en la que vivimos. A partir de ese cuestionamiento se modifican los discursos.

Volvamos a la imagen del cuadro de Santos, en la sociedad del siglo XV sería impensable encontrarnos con una imagen de varias mujeres –aunque sea un espacio privado- en esa actitud, relajada, de compañerismo y debatiendo sobre cuestiones intelectuales. De la misma manera, es impensable que en nuestro entorno actual veamos imposible participar en alguna tertulia, foro o jornada – pública- por ser mujeres.
Estos cambios que han hecho evolucionar el rol femenino, han sido fruto de pequeños actos de rebeldía –de cuestionar lo socialmente establecido- que contribuyen al cambio de los discursos que son los que condicionan nuestro destino.
El hecho de que las condiciones sociales se modifiquen, nos avisa de que no existe una dominación simbólica absoluta, en la que el subordinado esté imposibilitado para ver su situación – y quererla cambiar -. A este respecto, la reflexión de Simone de Beauvoir es muy clarificadora: si la condición femenina es una condición dada, entonces no es inamovible, por lo que tendremos la posibilidad de deconstruirla y reinventarla en términos que incidan en un reconocimiento social; podremos elegir nuestra condición, en la medida en que cuestionemos lo que se nos ha dado como constituido.

A través de la resignificación del lenguaje, los discursos van cambiando y se extienden a través de las relaciones y las redes, que en este caso, el feminismo o ya las mujeres que cuestionaron el discurso social y los hábitos culturales antes del feminismo, han ido modificando y reconstruyendo.
Otra argumento que lleva a cuestionar el post-estructuralismo, es el que hace referencia a la deconstrucción del género y al rechazo de las clasificaciones. De esta idea, surge la dificultad, para mí, que acucia al feminismo: ¿cuál es el fundamento de una política feminista que desconstruye al sujeto femenino?

La teoría feminista tiene una relación, necesariamente, ambivalente respecto del proyecto de deconstrucción post-moderno. Pero es que, si la categoría de “la mujer” es esencialmente indeterminada, negamos la posibilidad de concebirla de un modo positivo para reivindicarla. Y si en nuestra organización social del mundo, sólo existimos si nos nombran, ¿dónde nos deja esta indeterminación?

Las feministas, por tanto, no pueden deslindar definitivamente la categoría de “la mujer” o, de otro modo, se eliminaría toda posibilidad de superar el androcentrismo imperante y su poder represivo.
Esta falta de categorización, debilita el movimiento feminista y lo invisibiliza. Esta invisibilización, implica no ocupar un espacio en la sociedad civil, que como conceptualiza Jürgen Habermas y John Rawls, es el espacio intermedio entre el estado y el ámbito doméstico.

Ante este planteamiento, las preguntas son muchas: ¿qué podemos solicitar en nombre de las mujeres si “las mujeres” no existen y todo lo que se pide en su nombre únicamente consolida un mito?; ¿cómo podemos reivindicar una Ley del aborto, las ayudas necesarias para el cuidado de los hijos y la conciliación o un salario acorde con el esfuerzo realizado sin recurrir al concepto de “la mujer”?

Parece que la corriente post-estructuralista tiene sentido en un concepto abstracto del espacio social, pero cuando aterrizamos en la realidad nos plantea toda una serie de dudas y de incertidumbres que tienen que ver con la idea de que socava nuestras posibilidades de combatir la tendencia masculina dominante.



domingo, 12 de febrero de 2012

REPASANDO...

 Sobre el progreso del Movimiento feminista español existe una cierta unanimidad entre las diferentes autoras;  coinciden en destacar la importancia de determinadas fechas e hitos en los debates y la configuración del movimiento feminista en el Estado Español durante la etapa de la transición democrática.
Se subraya la existencia de dos tipos de feminismo desde los años de la clandestinidad, uno el feminismo político ligado a los partidos de izquierda, otro el feminismo independiente, influenciado por el feminismo europeo y norteamericano, con objetivos diferenciados. No obstante, pese a sus  diversos contrastes,  ambas corrientes están comprometidas con el cambio político aunque con estrategias diversas.
Ya en los años ochenta los organismos de igualdad comienzan a influir en la aparición de nuevas asociaciones de mujeres -y a dar protagonismo a las ya existentes de amas de casa-. Se podría definir como un tiempo de institucionalización del feminismo académico, de la organización de las mujeres en los partidos políticos -especialmente en el PSOE- mientras el feminismo ligado a los partidos extraparlamentarios se hace con el control y la representación del movimiento feminista. -Esta situación  se verá modificada con la llegada al poder del Partido Popular en 1996 y que más adelante expondremos-.
Castells apunta al respecto de los acontecimientos de los años ochenta, que: “con el establecimiento de la democracia en España en 1977, y con la llegada al poder del Partido Socialista en 1982, todos los movimientos feministas autónomos desaparecieron, precisamente debido a su éxito institucional y político.”
Podríamos extraer de estas circunstancias y sus reflexiones, que institucionalmente sólo hay cabida para este tipo de feminismo institucionalizado y aprobado socialmente. Pero este hecho, iba en detrimento del feminismo independiente y se fue forjando una animadversión hacia éste.
Al parecer, desde el feminismo institucional socialista se ignora la existencia de un fuerte feminismo radical, independiente de los Partidos Políticos y que se sitúa, enfrentado al feminismo partidario, parlamentario o extraparlamentario.
Como apuntábamos más arriba, es a partir de 1996 cuando se modifica la situación del feminismo institucionalizado. En el caso del País Valenciano, de 1986 a 1997 y después de las Jornadas de Barcelona a las que asistieron mujeres provenientes de todos los espacios del feminismo, el feminismo está oficialmente muerto y enterrado desde las instancias del poder.
Será a partir de entonces cuando hagan eclosión las asociaciones de mujeres promocionadas por:
  • Organismos de igualdad
  • Los servicios profesionales emergentes: salud, servicios sociales, educación de adultos.
  • Institucionalización de grupos de mujeres.
  • Organizaciones de mujeres vinculadas a Partidos Políticos.
Paralelamente se producirá la reubicación del feminismo independiente y del feminismo político extraparlamentario. Eso será a través de espacios asociativos diferenciados, que transcurrirán paralelamente y sin prestarse atención, excepto en las manifestaciones del 8 de marzo.
En los noventa, se produce  un movimiento amplio de mujeres, buscando lugares de encuentro: en las calles, el 8 de marzo, manifestaciones contra la guerra, seminarios de filosofía, proliferación del desempeño de puestos de poder, la doble jornada: dentro y fuera de casa, los espacios de mujeres, etc. Esto no es más que una proliferación de estrategias, a veces simbólicas, a través de las cuales las mujeres se movilizaban y buscaban la colectividad de sus reivindicaciones, dentro de un contexto político-social en el que habían dejado sin ningún peso al feminismo institucionalizado –mucho menos al feminismo independiente-.
La realidad asociativa de  las  mujeres en la  ciudad de  Valencia, responde a  la complejidad  con la que define Maquieira al movimiento amplio de mujeres, es decir, asociaciones de mujeres que se caracterizan por:
  • La diversidad de sus actividades y de  sus trayectorias ideológicas.
  • Los diferentes objetivos específicos.
  • La diversidad de metodologías y campos de incidencia.
  • La variedad en su ubicación espacial.
  • Los colectivos claramente diferenciados de mujeres.
Testimonio de la funcionaria de la D.G. de la Mujer que se ocupa de la promoción del asociacionismo y  que habla de los diferentes escenarios y contextos  donde surgen asociaciones de mujeres:
“Ha habido momentos en los que han venido a verme 30 ó 40 mujeres que  han pasado por programas de climaterio, que son también una historia bien  bonita, a lo mejor acababan el programa y se venía todo el grupo que había pasado por el programa a que tuviéramos una  reunión para ver cómo  constituían la asociación, pero no los trámites legales, sino la importancia  de asociarse, la importancia de seguir juntas, qué motivaciones tenían,  cómo  podíamos además  canalizar todo eso en una dinámica  que se  mantuviera y que no muriera con el  tiempo y  luego diseñar proyectos
acordes a sus  deseos, necesidades  y posibilidades (…) Hay un elemento más, que es el contacto de algunos grupos de mujeres
espontáneos, que forman parte a lo mejor de alguna asociación de vecinos
con mujeres del movimiento feminista (…)Esa asociación es, junto con San Marcelino que parte de un programa de
educación de adultas, que llevó Carmen Latorre con un programa especial
de, experimental para Graduado Escolar para mujeres (…)


Como vemos, hay una gran disparidad en las asociaciones de mujeres y en el motivo primero que las llevo a asociarse. Ellas mismas, ni se definen como feministas, ni tienen la percepción de que están realizando un acto de “revolución” que hace viente años hubiera sido imposible llevar a cabo y, que con esos actos están cambiando el discurso que ha venido repitiendo el patriarcado desde tiempos inmemoriales.
Pese a esta diversidad entre las distintas asociaciones, Maquieira mantiene que  hay entre ellas “un factor dinamizante y aglutinador  que  responde a un denominador común y que se puede resumir de la siguiente  manera: una serie de necesidades y  demandas a las que las mujeres  quieren dar respuesta. Este factor común de la actividad organizada de las  mujeres refleja implícita o explícitamente un  cuestionamiento de las  relaciones de género vigentes que se  manifiesta a través de tres  ejes  diferenciados pero  que a menudo se solapan:
1)      La reivindicación de identidades negadas.
2)      La necesidad de dar solución a las carencias acumuladas.
3)     La identificación solidaria con las mujeres más desfavorecidas.

Lo que resulta evidente a mi parecer, es que pese a las trabas institucionales a las que se ha visto sujeto el movimiento feminista, ha sabido mantenerse y se ha nutrido de esas redes que han nacido con motivo del calado que han dejado las teorías y reivindicaciones feministas en todas las mujeres –pese a que algunas de esas mujeres no sean conscientes de dicho calado-. El feminismo institucional es absolutamente imprescindible, porque supone la visibilización de todas, sin embardo, no hubiera sido posible y no podría seguir siéndolo sin la aportación del feminismo independiente –que se ve menos, pero que arriesga más-.
A partir de los textos de Teresa Yeves: "recuperando la memoria histórica" y M. Martínez: "movimiento feminista en España".