jueves, 8 de marzo de 2012

8 DE MARZO

Un 8 de marzo más nos encontramos reivindicando unos derechos en clave de igualdad para todas las mujeres. La coyuntura de este 8 de marzo de 2012 es, si cabe, más preocupante que en años anteriores; ¿los motivos?, la situación económica y la tan citada crisis que parece que acaparan todo el protagonismo y relegan a un segundo plano cuestiones que se relacionan con la igualdad. Pero además, no podemos olvidar otro motivo de reciente importancia: el RD 3/2012 de medidas urgentes para la reforma del mercado laboral, que desde luego no ha velado para que los avances conseguidos en clave de igualdad no sufran retroceso – de la misma manera que los laborales-.

Ante esta coyuntura, ¿son compatibles los recortes y el desempleo con la igualdad de género y los derechos de la mujer?

En mi opinión, gran parte del paquete de medidas sobre las relaciones laborales suponen una rigidez que puede dificultar las posibilidades de participación de las mujeres en el mercado laboral. En lo relativo a la conciliación de la vida laboral y familiar de las mujeres, es dónde las nuevas medidas pueden causar un destrozo más severo, ya que se introduce con la nueva reforma la posibilidad de que algunas funciones, como jornadas, turnos y horarios de trabajo, queden a disposición de las necesidades coyunturales de la empresa.

Un ejemplo, “la reducción de jornada por cuidado de hijos” que la nueva reforma modifica; ante la posible situación de solicitar una reducción de jornada por cuidado de hijos, a partir de ahora, los convenios colectivos podrán establecer criterios sobre los horarios en los que se pueda disfrutar de la reducción de jornada “en atención a los derechos de conciliación de la vida personal, familiar y laboral del trabajador y las necesidades productivas y organizativas de las empresas”.

Otro ejemplo, la posibilidad de realizar horas extra en contratos a tiempo parcial; es bien sabido que existe una elevada concentración femenina en empleos a tiempo parcial, este tipo de contrato de trabajo resulta ser más sufrido que escogido para muchas mujeres, pero es  una de las pocas herramientas a la que pueden acogerse para facilitar la conciliación pese a que no sea un camino que conduzca a una redistribución equilibrada de las responsabilidades familiares.

Pues bien, con la introducción de dichas  posibilidades se va a dificultar todavía más para muchas mujeres poder conciliar y poder ser igual de valoradas en el mercado de trabajo.

De la mano de esta nueva normativa se suma la nueva política de recortes regionales en toda España: reducción del presupuesto de igualdad, cierre o reducción de personal de los Centros de Mujer, etc. Esta situación supone un retroceso en materia de igualdad y deja claro la importancia y el papel que ocupan las políticas de igualdad en momentos de crisis económica.

Al final de esta reflexión lo que resulta más terrible es la imposibilidad que la reforma laboral y las políticas de recortes ofrecen para la consecución de una IGUALDAD REAL. Ahora la lucha continúa y una vez más reiterar que la igualdad es cosa de tod@s.

viernes, 2 de marzo de 2012

La perspectiva post-estructuralista.

La intención de comparar el cuadro de Ángeles Santos “La tertulia”, con el de José Gutierrez Salano “La tertulia del Café Pombo” es hacer alusión, de una manera pragmática, a cómo ven el mundo los hombres y las mujeres; o lo que es lo mismo, lo distinto que ven la realidad hombres y mujeres, desde el rol que socialmente se ha construido para cada sexo.



El género es un constructo que ha sido contemplado desde diferentes disciplinas científicas, como herencia de la importancia que la dicotomía hombre-mujer ha tenido en todas las culturas desde la Antigüedad hasta nuestros días. Construido como un instrumento social, no sólo tiene efectos colectivos -en tanto ha definido dos grupos de seres humanos con diferentes roles y espacios respectivos- sino también individuales -al constituir el núcleo de la identidad personal de cada individuo-.
Para Judit Butler, el género es  performativo -escenificativo- teatralizado, es decir, el género es lo que haces, no lo que eres. Esta autora entra dentro de las intelectuales Postmodernistas, ya que no cree en la pre-existencia de un núcleo de identidades determinadas y estrechas, es decir, en las categorías; cree en realidades complejas, múltiples y dinámicas. Butler nos dice que el género o la sexualidad no son determinados por el sexo biológico, sino por una construcción social.

Las diferencias entre ambas escenas son evidentes y subyacen de una desigualdad profunda. En “La tertulia” de Santos vemos a mujeres leyendo, fumando, pensando, discutiendo; son mujeres intelectuales que deben hacer sus tertulias en un ámbito doméstico, ya que era el único que, socialmente, estaba aceptado para las mujeres. Ángeles Santos inmortaliza este momento de la tertulia femenina con una viveza extraordinaria, probablemente porque ella vivió esta tertulia como mujer artista e intelectual en los años veinte y treinta, y fue parte de aquella sociedad patriarcal española.
Por el contrario,  en “La Tertulia del Café Pombo”  que es exclusivamente masculina, los hombres que participan en la discusión están vestidos de negro, con traje y corbata, con una actitud  muy formal, tomando café y  buenos licores. Sus caras están tensas y adquieren el rol de intelectuales, como demuestran sus gestos y la disposición de sus cuerpos. Los colores de la obra son oscuros, lo que proporciona un aspecto muy sobrio y hasta con un toque soberbio a la obra.
Ambas obras, nos sirven para comprobar la visión distinta de la realidad que un hombre y una mujer, coetáneos, tienen de un mismo acto. En este sentido, cada uno expresa la vivencia personal que tiene de determinada actividad que se lleva a cabo, en la vida de cualquier miembro de la burguesía española de principios del siglo XX. Estas diferencias, a la hora de escenificar un determinado momento hacen alusión a lo cultural, es decir, está condicionado por el marco de una sociedad que mantiene un sistema de valores basado en lo masculino.


“La tertulia” de Ángeles Santos
“La tertulia del Café Pombo” de José Gutiérrez Solano
·   Aspecto informal y distendido de la escena.
·   Se representa en un espacio privado.
· El espacio privado se percibe como un espacio propio de estas mujeres.
·   La tertulia transcurre en un ambiente relajado, de proximidad entre las mujeres y donde no se percibe posición de jerarquía.
            Aspecto formal y rígido de la escena.
            Se representa en un espacio público.
          El espacio público se percibe como un espacio propio de los hombres.
           La tertulia transcurre en un ambiente más tenso, donde no hay una proximidad entre los hombres sino una necesidad de aportar valor a la conversación y demostrar la valía.
En esta escena sí apreciamos cierta jerarquía en la disposición de las figuras.

A este respecto, resulta muy interesante el análisis de Iris Marion Young “Throwing like a girl” (1990), en el que estudia la tendencia de las disposiciones y comportamientos corporales, y muestra cómo se desarrollan las practicas corporales de uno y otro sexo. Entre las conclusiones a las que llega, encontramos que:

·  Los hombres realizan movimientos abiertos y rudos, mientras que las mujeres hacen movimientos más pausados y cerrados como el cruce de piernas, por ejemplo.
·     La locomoción de las mujeres está más concentrada en una parte del cuerpo; las mujeres no tienden a estirar demasiado un miembro para alcanzar los objetos, sino a desplazarse.
·    Las mujeres dudan más de sus capacidades corporales, por lo que pueden llegar a desestimar sus capacidades físicas. Esto es debido a que hay una idea interiorizada de debilidad que excede la capacidad de sus capacidades físicas reales.
·      Los hombres tienden más a arriesgarse y a exponerse a los límites y los excesos,  sus movimientos demuestran menos conciencia corporal, tienen una idea de fortaleza que excede sus capacidades físicas reales; asumen generalmente más retos físicos.

Según Iris Marion Young, estas dos tendencias dicotómicas, son el resultado de la situación de opresión de la mujer y de la esencia patriarcal que define la concepción de la mujer como un objeto, un objeto frágil y delicado. Esta idea que reduce el espacio de la praxis femenina y a la vez permite la invasión de su espacio social- Para esta autora,  la puesta en escena femenina es una construcción social que se recrea en la materialidad corporal de los cuerpos, como una competencia entre ellos.

En las teorías post-estructuralistas francesas, estas feministas aseguran que se reproducen estrategias de carácter androcéntrico, al tratar de definir a las mujeres, caracterizarlas o hablar en su nombre, aun cuando permitamos una visión de diferencias en el género.
Desde esta perspectiva, las definiciones esencialistas de la feminidad, incluso cuando provienen de las feministas, “atrapan” al individuo femenino a su identidad en tanto que mujer, por lo que para estas feministas, ésta idea identitária no puede considerarse una solución al sexismo.
La realidad social en la que, hombres y mujeres, han evolucionado sí da lugar a diferencias o a roles, socialmente, atribuidos para uno y otro sexo. Ya el discurso del s. XVIII, respecto a la determinación del hombre y de la mujer era diametralmente opuesto:

HOMBRE
MUJER
·         Físico: fortaleza, actividad
·         Moral: sentimientos generales –amistad, patriotismo, humanitarismo-, sentimentalidad temperada por la razón.
·         Intelectual: razón abstracta.
·         Social: actividad pública –política, negocios, saber-
·     Físico: debilidad, maternidad.
·    Moral: sensibilidad –propensa al exceso, ternura, amor maternal y conyugal.
·      Intelectual: razón práctica.
·     Social: vida de interior, madre y esposa, guardiana de la moral y las costumbres.

En la actualidad, esta dicotomía hombre-mujer sigue estando presente en todas las esferas de nuestra vida. Quizá no de una manera determinista, pero sí en el imaginario colectivo fruto de la construcción cultural que se hereda generación tras generación. A este respecto, sería muy apropiado señalar la idea de Foucault que dice: “somos seres totalmente marcados por la importancia de la historia”.

Desde los postulados post-estructuralistas se argumenta que el sujeto no es un locus desde el que se originen intenciones creadoras, ni posee atributos naturales, ni siquiera una conciencia individual, privilegiada. Lacan recurre al psicoanálisis, Derrida a la gramática y Foucault a la historia de los discursos, pero todos atacan y “desconstruyen”  el concepto imperante de sujeto.

La crítica que el post-estructuralismo hace de la subjetividad resulta de provecho para las feministas por dos cuestiones. En primer lugar, parece mantener viva la esperanza de conseguir una libertad mayor para las mujeres, de forma que se dé rienda suelta a una pluralidad de diferencias; que circulen libres, sin que exista, al contrario de lo que sucede en el patriarcado o en el feminismo cultural, ninguna identidad de género predeterminada que les ponga trabas y que las constriña. En segundo lugar, da un paso decisivo más allá del feminismo cultural y del feminismo liberal, al avanzar en la teorización de lo que éstos no abordan: la construcción de la subjetividad. En este sentido, el post-estructuralismo nos puede enseñar mucho sobre el funcionamiento de los mecanismos opresivos del sexismo o sobre la construcción de categorías específicas de género al relacionarlos con el discurso social y al concebir el sujeto como un producto de la cultura.

Hasta aquí, las consecuencias positivas que desde esta doctrina podemos extraer. Pero llegados a este punto, es inevitable no hacernos varias preguntas al respecto de la idea que nos transmite dicha corriente de pensamiento. En primer lugar, los post-estructuralistas, al defender que la sociedad construye por completo al sujeto, le privan totalmente de la capacidad de reflexionar sobre el discurso social, y de oponerse a sus determinaciones. Si esto fuera así, el movimiento feminista no habría tenido razón de ser y la condición –socialmente construida de la mujer- no se habría modificado en el curso de la historia.
Precisamente, el discurso post-estructuralista nos anima a deconstruir lo socialmente establecido, a cuestionarnos nuestro papel en la sociedad en la que vivimos. A partir de ese cuestionamiento se modifican los discursos.

Volvamos a la imagen del cuadro de Santos, en la sociedad del siglo XV sería impensable encontrarnos con una imagen de varias mujeres –aunque sea un espacio privado- en esa actitud, relajada, de compañerismo y debatiendo sobre cuestiones intelectuales. De la misma manera, es impensable que en nuestro entorno actual veamos imposible participar en alguna tertulia, foro o jornada – pública- por ser mujeres.
Estos cambios que han hecho evolucionar el rol femenino, han sido fruto de pequeños actos de rebeldía –de cuestionar lo socialmente establecido- que contribuyen al cambio de los discursos que son los que condicionan nuestro destino.
El hecho de que las condiciones sociales se modifiquen, nos avisa de que no existe una dominación simbólica absoluta, en la que el subordinado esté imposibilitado para ver su situación – y quererla cambiar -. A este respecto, la reflexión de Simone de Beauvoir es muy clarificadora: si la condición femenina es una condición dada, entonces no es inamovible, por lo que tendremos la posibilidad de deconstruirla y reinventarla en términos que incidan en un reconocimiento social; podremos elegir nuestra condición, en la medida en que cuestionemos lo que se nos ha dado como constituido.

A través de la resignificación del lenguaje, los discursos van cambiando y se extienden a través de las relaciones y las redes, que en este caso, el feminismo o ya las mujeres que cuestionaron el discurso social y los hábitos culturales antes del feminismo, han ido modificando y reconstruyendo.
Otra argumento que lleva a cuestionar el post-estructuralismo, es el que hace referencia a la deconstrucción del género y al rechazo de las clasificaciones. De esta idea, surge la dificultad, para mí, que acucia al feminismo: ¿cuál es el fundamento de una política feminista que desconstruye al sujeto femenino?

La teoría feminista tiene una relación, necesariamente, ambivalente respecto del proyecto de deconstrucción post-moderno. Pero es que, si la categoría de “la mujer” es esencialmente indeterminada, negamos la posibilidad de concebirla de un modo positivo para reivindicarla. Y si en nuestra organización social del mundo, sólo existimos si nos nombran, ¿dónde nos deja esta indeterminación?

Las feministas, por tanto, no pueden deslindar definitivamente la categoría de “la mujer” o, de otro modo, se eliminaría toda posibilidad de superar el androcentrismo imperante y su poder represivo.
Esta falta de categorización, debilita el movimiento feminista y lo invisibiliza. Esta invisibilización, implica no ocupar un espacio en la sociedad civil, que como conceptualiza Jürgen Habermas y John Rawls, es el espacio intermedio entre el estado y el ámbito doméstico.

Ante este planteamiento, las preguntas son muchas: ¿qué podemos solicitar en nombre de las mujeres si “las mujeres” no existen y todo lo que se pide en su nombre únicamente consolida un mito?; ¿cómo podemos reivindicar una Ley del aborto, las ayudas necesarias para el cuidado de los hijos y la conciliación o un salario acorde con el esfuerzo realizado sin recurrir al concepto de “la mujer”?

Parece que la corriente post-estructuralista tiene sentido en un concepto abstracto del espacio social, pero cuando aterrizamos en la realidad nos plantea toda una serie de dudas y de incertidumbres que tienen que ver con la idea de que socava nuestras posibilidades de combatir la tendencia masculina dominante.