jueves, 24 de mayo de 2012

MUJERES Y CIUDADANÍA



La idea de este análisis político, desde una perspectiva feminista, es repasar el pensamiento político atendiendo a la imagen de Ángeles Santos “La tertulia”. En esta simple fotografía de 4 mujeres desenfadadas y en una situación relajada y habitual, se leen muchas connotaciones que hacen referencia al cambio. En mi opinión, es un retrato que define muy bien el lema feminista “lo personal es político”.

Para llegar a entender la visibilización de las mujeres, políticamente hablando, hay que hacer un repaso por las distintas etapas históricas que se han sucedido.

En la primera Ola del feminismo (1840-1920), en la que podríamos conectar la pintura de Santos, las mujeres y la feminidad constituyen una construcción social de las civilizaciones. “La mujer no nace, se hace” en palabras de Simone de Beauvoir, definiría muy bien el resultado final de toda esta primera ola feminista, ya que supuso la constatación de la violencia simbólica de lo natural y de lo que se ha considerado evidente.
En esta etapa, se vislumbran las pautas socio-culturales que han sido construidas, fundamentalmente, por los varones. De estas pautas, nace la necesidad de deconstruir lo que hasta ahora había sido dado como natural e incuestionable; y de esta idea se materializan acciones tales como: el alejamiento de las mujeres feministas de las formaciones de izquierdas, en las que no se las tenía en cuenta –república española-; la consecución de que las mujeres se vieran capaces de crear –“de cambiar el mundo” y sobretodo, que asumieran de forma colectiva el protagonismo.
Es precisamente en esta etapa donde las mujeres perciben que su dependencia femenina se explica en términos de una falta de identidad propia. Esta identidad propia, también hace referencia a no poseer un espacio propio –ni en el ámbito público, ni en el privado-. 

Como ya hemos señalado, en el análisis de ambos cuadros, lo que más llama la atención es, precisamente, que los hombres sí disponen de ese espacio propio -público- que les proporciona un estatus social por ellos mismos. En cambio, las mujeres deben recurrir al espacio privado para desarrollarse intelectualmente; un espacio que supone la invisibilidad social y  el poco o nulo reconocimiento. Pese a esto, resulta evidente el hecho de que fue muy positivo y fruto de muchos pensamientos críticos feministas, que las mujeres comenzaran a reunirse para debatir sobre cuestiones más intelectuales, dejando así de lado el ejercicio de los roles “típicamente” femeninos.

De hecho, estos actos conectan muy bien con la filosofía de la segunda ola feminista de 1960 a 1970; donde se reivindica la presión de las mujeres en el ámbito de las familias y de la reproducción. “La mística de la feminidad” de Betty Fiedan influenció profundamente al movimiento feminista de estas décadas; en este ensayo se hace una extraordinaria  critica del rol femenino en la sociedad contemporánea, ya que provoca numerosas formas de alienación. En esta etapa, las mujeres siguen sin tener un proyecto autónomo, pero se empieza a establecer las interrelaciones entre lo público y lo privado.

No es hasta la década de los ochenta cuando se empieza a dar importancia a lo que supone ser parte de la sociedad civil, y para ello, había que salir del espacio privado. Si la sociedad civil, es el espacio entre el Estado y el ámbito doméstico, ¿qué espacio ocupábamos las mujeres en la sociedad civil?

De esta forma, el asociacionismo ha sido un gran aliado del movimiento feminista y surgió  para la consecución, defensa y difusión de objetivos específicos; tanto es así que las asociaciones se consideran como los agentes de la Sociedad Civil.
El surgimiento de la ideología asociativa coincide con  el ascenso de los valores post-materialistas –último tercio del s. XX- y Barthélemy explica dicho surtimiento ideológico como consecuencia de que el Estado deja de ser el único representante del interés general – intereses que pasan a ser parte de las organizaciones ciudadanas-.

El espacio asociativo se construye simbólicamente en torno a la noción de intereses colectivos y de la doble depreciación de lo público y lo privado. E. Bott definía el espacio social como el área más o menos limitada dentro de la cual el individuo goza de un grado relativo de autonomía. 
Ese asociacionismo surge como consecuencia de la ineptitud en la esfera política o sindical, junto con el declive en la militancia y que hizo que germinaran paralelamente otras formas de participación ciudadana. A partir de esta forma de participación, las mujeres empiezan a tener su espacio y a ser visibles en la sociedad civil.

La ideológica asociativa, conforme va calando en el tejido social, favorece el desarrollo  de nuevas miradas sobre la imagen de la sociedad, propiciando el surgimiento del llamado Tercer Sector – este es, el ámbito que no ocupan ni el Estado (no es lo público), ni el mercado (no es lucrativo).

Toda esta eclosión propició que las redes sociales informales hayan ido cobrado mayor protagonismo en nuestra sociedad. La desprotección social sobre determinados ámbitos y colectivos vulnerables –como es el caso de las mujeres-, así como la base de proximidad y confianza en la que se basan, han hecho que el asociacionismo responda a las demandas femeninas y se consoliden como una nueva forma de socialización, que se entrelaza de tal manera que supone la elaboración de redes informales y formales que proporcionan libertad y respaldo a las mujeres.

Lo relevante de estas acciones públicas, es que constituyen una experiencia de aprendizaje que hace que las mujeres sientan la necesidad de ejercer acciones políticas. Es decir, han transformado la condición, la organización y la conciencia de las mujeres, proporcionándoles una nueva identidad colectiva como mujeres dotadas de poder; es lo que Castells define como  feminismo práctico.

En mi opinión, estas nuevas visibilidades sociales suponen el aprovechamiento de la forma que tienen las mujeres  de percibir la realidad y expresarla de forma distinta a aquellos que han dominado históricamente. A través de asociaciones voluntarias se recoge la experiencia directa y vital de las mujeres mediante sus vivencias y sus interacciones, que en muchos casos, se pueden plasmas en relatos, hablados o escritos, y en actividades intelectuales que las hacen expresarse y conocerse a ellas mismas. Como apunta, Teresa Alba, no es exagerado asignarles el papel –a las asociaciones- de privilegiados agentes de transformación social.
Este ha sido el primer paso, para que las mujeres sean conscientes de que pueden cambiar su realidad y que para ello, resulta imprescindible que participen en la vida pública y que se hagan visibles en la política.

De hecho, Teresa Alba nos habla de la función social de las asociaciones de mujeres y destaca 3 ámbitos: 1) el personal; que posibilita la salida, por decisión propia, del estrecho espacio del hogar e incorporarse a un colectivo que legitimiza ese pequeño acto de libertad 2) el grupal; que se configura como un espacio simbólico para la construcción de una identidad propia dentro del colectivo – el “nosotras”- y 3) comunitaria; donde las asociaciones hacen de puente con las distintas instituciones públicas, adquiriendo un protagonismo social que las convierte en sujetos sociales.

Los dos primero ámbitos describen muy bien el contexto simbólico en el que enmarcamos el cuadro de Santos “La tertulia”, ya  que esa situación representa ambas funciones sociales: la personal, ya que posibilitaba la salida de esas mujeres por iniciativa propia del estrecho espacio que el rol femenino les daba y les otorga la posibilidad de  incorporarse a un grupo –también de mujeres-, totalmente legitimado y ejercer su pequeño acto de libertad y rebeldía dedicándose a algo no establecido en su papel de mujer y esposa; la grupal, porque esa imagen que vemos, todas juntas, relajadas y debatiendo sobre cuestione intelectuales, configura un espacio simbólico que construye la identidad propia de cada una de esas mujeres fuera de su hogar y les otorga esa complicidad que supone el ser consientes de que existe un espacio en el somos “nosotras” y nadie más.

En el cuadro de Santos, atendiendo a la época que refleja y sus circunstancias, no podríamos añadir la tercera función social que hace referencia al ámbito comunitario. Digamos que este ámbito sería posible, una vez dado el paso por parte de las mujeres, de asociarse y mostrarse colectivamente ante la sociedad civil. Sin este ámbito comunitario, las mujeres seguirían sin ser protagonistas sociales y no se habrían convertido en sujetos sociales con total visibilidad.

El tradicional eslogan feminista “lo personal es político”, con el que hemos iniciado esta disertación,  adquiere una concreta importancia en el caso de la participación de las  mujeres en la vida pública, pues esto contribuyen a desarrollar el sentido crítico, la toma de conciencia, la autonomía y/o el compromiso social.