La idea de este análisis político, desde una perspectiva feminista, es repasar el pensamiento político atendiendo a la imagen de Ángeles Santos “La tertulia”. En esta simple fotografía de 4 mujeres desenfadadas y en una situación relajada y habitual, se leen muchas connotaciones que hacen referencia al cambio. En mi opinión, es un retrato que define muy bien el lema feminista “lo personal es político”.
Para llegar a entender la visibilización de las
mujeres, políticamente hablando, hay que hacer un repaso por las distintas
etapas históricas que se han sucedido.
En la primera Ola del feminismo (1840-1920), en la
que podríamos conectar la pintura de Santos, las mujeres y la feminidad
constituyen una construcción social de las civilizaciones. “La mujer no nace,
se hace” en palabras de Simone de Beauvoir, definiría muy bien el resultado
final de toda esta primera ola feminista, ya que supuso la constatación de la
violencia simbólica de lo natural y de lo que se ha considerado evidente.
En esta etapa, se vislumbran las pautas
socio-culturales que han sido construidas, fundamentalmente, por los varones.
De estas pautas, nace la necesidad de deconstruir lo que hasta ahora había sido
dado como natural e incuestionable; y de esta idea se materializan acciones
tales como: el alejamiento de las mujeres feministas de las formaciones de
izquierdas, en las que no se las tenía en cuenta –república española-; la
consecución de que las mujeres se vieran capaces de crear –“de cambiar el
mundo” y sobretodo, que asumieran de forma colectiva el protagonismo.
Es precisamente en esta etapa donde las mujeres perciben que su
dependencia femenina se explica en términos de una falta de identidad propia.
Esta identidad propia, también hace referencia a no poseer un espacio propio
–ni en el ámbito público, ni en el privado-.
Como ya hemos señalado, en el
análisis de ambos cuadros, lo que más llama la atención es, precisamente, que
los hombres sí disponen de ese espacio propio -público- que les proporciona un
estatus social por ellos mismos. En cambio, las mujeres deben recurrir al
espacio privado para desarrollarse intelectualmente; un espacio que supone la
invisibilidad social y el poco o nulo
reconocimiento. Pese a esto, resulta evidente el hecho de que fue muy positivo
y fruto de muchos pensamientos críticos feministas, que las mujeres comenzaran
a reunirse para debatir sobre cuestiones más intelectuales, dejando así de lado
el ejercicio de los roles “típicamente” femeninos.
De hecho, estos actos conectan muy bien con la filosofía
de la segunda ola feminista de 1960 a 1970; donde se reivindica la presión de
las mujeres en el ámbito de las familias y de la reproducción. “La mística de
la feminidad” de Betty Fiedan influenció profundamente al
movimiento feminista de estas décadas; en este ensayo se hace una
extraordinaria critica del rol
femenino en la sociedad contemporánea, ya que provoca numerosas formas de alienación.
En esta etapa, las mujeres siguen sin tener un proyecto autónomo, pero se
empieza a establecer las interrelaciones entre lo público y lo privado.
No es hasta la década de los ochenta cuando se empieza a dar importancia a lo que
supone ser parte de la sociedad civil, y para ello, había que salir del espacio
privado. Si la sociedad civil, es el espacio entre el Estado y el ámbito
doméstico, ¿qué espacio ocupábamos las mujeres en la sociedad civil?
De
esta forma, el asociacionismo ha sido un gran aliado del movimiento feminista y
surgió para la consecución, defensa y
difusión de objetivos específicos; tanto es así que las asociaciones se
consideran como los agentes de la Sociedad Civil.
El
surgimiento de la ideología asociativa coincide con el ascenso de los valores post-materialistas
–último tercio del s. XX- y Barthélemy explica dicho surtimiento ideológico
como consecuencia de que el Estado deja de ser el único representante del
interés general – intereses que pasan a ser parte de las organizaciones
ciudadanas-.
El
espacio asociativo se construye simbólicamente en torno a la noción de
intereses colectivos y de la doble depreciación de lo público y lo privado. E.
Bott definía el espacio social como el área más o menos limitada dentro de la
cual el individuo goza de un grado relativo de autonomía.
Ese
asociacionismo surge como consecuencia de la ineptitud en la esfera política o
sindical, junto con el declive en la militancia y que hizo que germinaran
paralelamente otras formas de participación ciudadana. A partir de esta forma
de participación, las mujeres empiezan a tener su espacio y a ser visibles en
la sociedad civil.
La
ideológica asociativa, conforme va calando en el tejido social, favorece el
desarrollo de nuevas miradas sobre la
imagen de la sociedad, propiciando el surgimiento del llamado Tercer Sector –
este es, el ámbito que no ocupan ni el Estado (no es lo público), ni el mercado
(no es lucrativo).
Toda
esta eclosión propició que las redes sociales informales hayan ido cobrado
mayor protagonismo en nuestra sociedad. La desprotección social sobre
determinados ámbitos y colectivos vulnerables –como es el caso de las mujeres-,
así como la base de proximidad y confianza en la que se basan, han hecho que el
asociacionismo responda a las demandas femeninas y se consoliden como una nueva
forma de socialización, que se entrelaza de tal manera que supone la
elaboración de redes informales y formales que proporcionan libertad y respaldo
a las mujeres.
Lo
relevante de estas acciones públicas, es que constituyen una experiencia de
aprendizaje que hace que las mujeres sientan la necesidad de ejercer acciones
políticas. Es decir, han transformado la condición, la organización y la
conciencia de las mujeres, proporcionándoles una nueva identidad colectiva como
mujeres dotadas de poder; es lo que Castells define como feminismo práctico.
En
mi opinión, estas nuevas visibilidades sociales suponen el aprovechamiento de
la forma que tienen las mujeres de
percibir la realidad y expresarla de forma distinta a aquellos que han dominado
históricamente. A través de asociaciones voluntarias se recoge la experiencia
directa y vital de las mujeres mediante sus vivencias y sus interacciones, que
en muchos casos, se pueden plasmas en relatos, hablados o escritos, y en
actividades intelectuales que las hacen expresarse y conocerse a ellas mismas. Como
apunta, Teresa Alba, no es exagerado asignarles el papel –a las asociaciones-
de privilegiados agentes de transformación social.
Este
ha sido el primer paso, para que las mujeres sean conscientes de que pueden
cambiar su realidad y que para ello, resulta imprescindible que participen en
la vida pública y que se hagan visibles en la política.
De
hecho, Teresa Alba nos habla de la función social de las asociaciones de
mujeres y destaca 3 ámbitos: 1) el personal; que posibilita la salida, por
decisión propia, del estrecho espacio del hogar e incorporarse a un colectivo
que legitimiza ese pequeño acto de libertad 2) el grupal; que se configura como
un espacio simbólico para la construcción de una identidad propia dentro del
colectivo – el “nosotras”- y 3) comunitaria; donde las asociaciones hacen de
puente con las distintas instituciones públicas, adquiriendo un protagonismo
social que las convierte en sujetos sociales.
Los
dos primero ámbitos describen muy bien el contexto simbólico en el que
enmarcamos el cuadro de Santos “La tertulia”, ya que esa situación representa ambas funciones sociales:
la
personal, ya que posibilitaba la salida de esas mujeres por iniciativa
propia del estrecho espacio que el rol femenino les daba y les otorga la
posibilidad de incorporarse a un grupo
–también de mujeres-, totalmente legitimado y ejercer su pequeño acto de
libertad y rebeldía dedicándose a algo no establecido en su papel de mujer y
esposa; la grupal, porque esa imagen que vemos, todas juntas, relajadas
y debatiendo sobre cuestione intelectuales, configura un espacio simbólico que
construye la identidad propia de cada una de esas mujeres fuera de su hogar y
les otorga esa complicidad que supone el ser consientes de que existe un
espacio en el somos “nosotras” y nadie más.
En
el cuadro de Santos, atendiendo a la época que refleja y sus circunstancias, no
podríamos añadir la tercera función social que hace referencia al ámbito comunitario.
Digamos que este ámbito sería posible, una vez dado el paso por parte de las
mujeres, de asociarse y mostrarse colectivamente ante la sociedad civil. Sin
este ámbito comunitario, las mujeres seguirían sin ser protagonistas sociales y
no se habrían convertido en sujetos sociales con total visibilidad.
El
tradicional eslogan feminista “lo personal es político”, con el que hemos
iniciado esta disertación, adquiere una concreta
importancia en el caso de la participación de las mujeres en la vida pública, pues esto
contribuyen a desarrollar el sentido crítico, la toma de conciencia, la
autonomía y/o el compromiso social.


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