domingo, 23 de junio de 2013

Ensayo: “El poder nunca es individual sino que es “poder de grupo” (Hanna Arendt)

Dolores es una mujer risueña y muy positiva, abrió las puertas de su casa sin ningún tipo de pudor y no dudó en mostrar orgullosa sus dibujos y creaciones. De la misma manera, no costó mucho que abriera su corazón y nos contara aquellos momentos de su vida que le habían marcado y que le habían enseñado tanto.
Para Dolores pertenecer a la asociación AMAT es una manera sencilla de poder relacionarse con otras mujeres, y lo que es más importante para ella, poder realizar gimnasia semanalmente en un centro que es sólo de mujeres y que está muy cerca de su casa.
Conoció la asociación por pura casualidad, su carácter abierto hizo que preguntara a algunas señoras que vio por la calle, cargadas con mochilas, dónde hacían ejercicio y no dudó en acercarse y “apuntarse” –como dice ella-.
Empezar a relacionarse con las mujeres de la asociación, le abrió un mundo nuevo. Surgieron nuevas amistades, con las que habitualmente se reúne, y empezó a practicar deporte de forma activa. Recuperó su pasión por la interpretación –cuando era joven hacia teatro- y empezó a participar activamente en distintas actividades que ofrecía la asociación.

Pese a tener 73 años, Dolores sigue trabajando. Casi todas las tardes de la semana, realiza manicuras a domicilio en Valencia con clientas que tiene desde hace más de 20 años. Este hecho, le imposibilita participar de forma más activa en la asociación.

En el caso de Dolores, la idea de querer y poder participar de forma más activa no hace referencia a ocupar algún cargo dentro de la junta de la asociación, o gestionar alguna actividad; su idea de participación, se limita a poder realizar más actividades como la pintura, que comenta es algo que le encantaría hacer.

Por lo que nos cuenta, no suele participar en las asambleas que convoca la asociación e incluso no sabe muy bien, qué cargos existen dentro de la junta de AMAT.

Esta realidad podríamos conectarla con el término “mutismo sociocultural” del que nos habla Teresa del Valle. Este término hace referencia a una realidad en la que hay grupo dominante y grupo dominado; el primero es el que habla y el segundo permanece callado aunque numéricamente, es posible que sea más amplio que el primero.

Esta realidad es la que históricamente ha imperado en el imaginario colectivo; los hombres serían ese grupo dominante que habla y tiene visibilidad, mientras que las mujeres pertenecerían al grupo dominado que se mantiene callado e invisible en el ámbito de lo público.

Pese a que la dicotomía público/privado en el momento existente, requiere de muchos matices, ya que en nuestra sociedad actual existen trasvases de un ámbito a otro y no siempre se cumple dicha dicotomía -público: hombre; privado: mujer-, sigue imperando dicha lógica en el imaginario colectivo y se sigue relacionando, irremediablemente, a la mujer con la maternidad, la crianza, los cuidados y su necesaria socialización hacia ese rol.

Por tanto, aunque no se mantengan como características universales de lo doméstico –privado-, sigue siendo referencia para muchas mujeres de lo que se espera de ellas y en las prioridades que deben tener en sus vidas. Esto explicaría, por qué muchas mujeres permanecen en sus casas, es decir, no se deciden a salir al ámbito público y así ser visibles en la sociedad civil.

Para muchas mujeres, romper con ese simbolismo social resulta muy difícil, ya que sienten que están fallando y decepcionando a sus familias. En definitiva, son  víctimas de ese estigma social que les advierte de que no están cumpliendo con el rol prioritario que tienen como mujeres y madres.

La interiorización de dicho rol, imposibilita que muchas mujeres “rompan” con lo que “tradicionalmente” se espera de una mujer y se decidan a salir al ámbito público. De la misma manera, es gracias a las asociaciones de mujeres por lo que muchas han conseguido “romper” y salir de ese ámbito del hogar para dedicarse a ellas mismas, sin sentir el estigma social. Las asociaciones se convierten en “espacios puente”, que permiten a las mujeres salir de sus casas, a la vez que siguen ocupando un rol “típicamente” femenino de esposa y madre.

Las asociaciones, constituyen la parte visible de los movimientos sociales, que se encuentran en una esfera más profunda. El surgimiento de la ideología asociativa coincide con el ascenso de los valores post-materialistas –último tercio del s. XX- y Barthélemy explica dicho surtimiento ideológico como consecuencia de que el Estado deja de ser el único representante del interés general – intereses que pasan a ser parte de las organizaciones ciudadanas-.

El espacio asociativo se construye simbólicamente en torno a la noción de intereses colectivos y de la doble depreciación de lo público y lo privado. E. Bott definía el espacio social como el área más o menos limitada dentro de la cual el individuo goza de un grado relativo de autonomía. La ideológica asociativa, conforme va calando en el tejido social, favorece el desarrollo de nuevas miradas sobre la imagen de la sociedad, lo que va a permitir ir realizando pequeños cambios en la estructura patriarcal.

Jürgen Habermes y John Rawls definen la sociedad civil, como el espacio intermedio entre el estado y el ámbito doméstico. La realidad asociativa permite algo tan importante como la posibilidad de ser visibles en la sociedad civil; de hecho Teresa Alba, asigna a las asociaciones el papel de privilegiados agentes de transformación social.

Estas nuevas visibilidades sociales suponen el aprovechamiento de la forma que tienen las mujeres de percibir la realidad y expresarla de forma distinta a aquellos que han dominado históricamente. A través de asociaciones voluntarias se recoge la experiencia directa y vital de las mujeres mediante sus vivencias y sus interacciones, que en muchos casos, se pueden plasmas en relatos, hablados o escritos, y en actividades intelectuales que las hacen expresarse y conocerse a ellas mismas.

Las reflexiones que podemos extraer, de lo que para Dolores representa pertenecer a la asociación son muchas y muy variadas. En su caso, resulta muy interesante compararlo con las funciones sociales que, según Teresa Alba, cumplen las asociaciones y que hacen referencia a 3 ámbitos:

1) Personal; que posibilita la salida, por decisión propia, del estrecho espacio del hogar para incorporarse a un colectivo que legitimiza ese pequeño acto de libertad, que en muchos casos no es entendible por los familiares. Esto es, evitan enfrentarse al estigma social, del que hablábamos antes, que supone para muchas mujeres salir de sus casas por iniciativa propia.

En el caso de Dolores, incorporarse a la asociación supuso mejorar su autoestima al verse valorada y reconocida por otras mujeres; vio ampliadas, significativamente, sus relacione sociales al entablar nuevas amistades y encontró un espacio propio –sólo suyo-. Por tanto, para ella AMAT cumple funciones hasta terapéuticas –emocionales-, sin olvidar la función cultural que ella valora profundamente.

2) Grupal; que se configura como un espacio simbólico para la construcción de una identidad propia dentro del colectivo – el “nosotras”-. Esto hace referencia, a la percepción individual de tener algo propio -ajeno al ámbito doméstico/familiar- y en común con otras mujeres. De alguna manera, se tiene la percepción o la ilusión de que entre todas, se pueden hacer muchas cosas, resolver problemas o abordar proyectos que, de forma individual, sería imposible.

La socióloga Soledad Murillo, afirma que estas organizaciones “representan un lugar donde disponer de un tiempo para sí, donde mantener relaciones sociales con otras mujeres fuera de la mirada masculina”. Esto último, conecta muy bien con lo que Dolores nos comentaba en la entrevista; ella se sentía muy bien en esta asociación porque eran todas mujeres; y esto significa poder estar en un ambiente relajado y lejos de miradas masculinas que puedan sojuzgarlas. En estos casos, la unión les da la fuerza.

3) Comunitario; donde las asociaciones hacen de puente con las distintas instituciones públicas, adquiriendo un protagonismo social que las convierte en sujetos sociales. Para Teresa Alba, el eslogan feminista “lo personal es político” adquiere especial transcendencia es estas asociaciones, que contribuyen a desarrollar el sentido crítico y la toma de conciencia y que difunden valores como la autonomía del compromiso social.

Estas circunstancias han conformado a distintos colectivos de mujeres, que al asumir metas colectivas y ocupar distintos espacios sociales –grupos tradicionalmente excluidos de la esfera pública- irrumpen en el ámbito de la sociedad civil –organizada-, teniendo la posibilidad de mostrar una realidad hasta ahora invisibilizada y que consigue llevar a los cuadernos políticos cuestiones que, hasta ahora, no se contemplaban.

A este respecto, Teresa del Valle nos advierte que las mujeres viven en redes que les unen a otras mujeres por lazos diversos de parentesco y consanguinidad, así como de amistad y de trabajos comunes, pero que frecuentemente se han menospreciado o negado su existencia –esfera privada-, contrariamente a las redes creadas por los varones se les han atribuido una relevancia que potencia la presencia masculina en el espacio público. 

Esta diferente valoración o forma de socializarnos, conlleva que las mujeres que sí se asocian y sí viven en red, no sean protagonistas. Teresa del Valle lo califica de mutismo sociocultural –como ya hemos señalado- y nos cuenta, que para vencer ese mutismo resultan enormemente importantes los “espacios puente”, que se configuran inicialmente en función de las delimitaciones establecidas entre lo doméstico y lo exterior y entre lo privado y lo público.

Sin embargo, en el caso de Dolores, ella participa haciendo gala de un mutismo social dentro de la misma organización; para las mujeres que participan de esta manera en las asociaciones ¿hay una toma de conciencia con el compromiso social?, ¿se puede dar un cambio real en la toma de conciencia de estas mujeres?

Podríamos decir que hay una extensión de ese mutismo sociocultural del que hemos hablado, dentro de las propias asociaciones de mujeres. La participación de éstas en la organización no es análoga; en el caso de Dolores, no hay un interés por ocupar un cargo, por hacer oír su voz, porque su asociación tenga un carácter reivindicativo ante la sociedad civil; responde al rol de asociada que se mantiene en un segundo plano, en el que también es invisible.

Si comparamos una asociación de mujeres con una de hombres, entre otras, la mayor diferencia estribaría en la forma de participar en la asociación. Entre los varones, sí hay una predisposición por asumir el mando, por querer ser visible o porque su voz se oiga –pese a no tener nada interesante que ofrecer-.

Por tanto, las mujeres que participan de esta manera en sus asociaciones, ¿realmente sienten una transformación vital?
En mi opinión sí.

La importancia de estos espacios-puente que son las asociaciones es mucha; conllevan a la debilitación de los límites establecidos socialmente para la sociabilidad de las mujeres y ayudan a alcanzar una mayor fluidez entre los espacios, así como el apoyo que suponen para el cambio. Además, sirven para iniciar la verbalización de sus modelos, la formalización y la reivindicación como asociación.
La importancia del asociacionismo para el empoderamiento femenino radica en la posibilidad de entrar en el sistema de redes interconectadas que son necesarias para el cambio; se trata de pasar de lo informal a lo formal, de lo local a lo global y de lo privado a lo público. En el caso de Dolores, aunque de una manera más pasiva, ha conseguido pasar de lo informal a lo formal, ya que es socia de una asociación legalmente constituida; de lo local a lo global, ya que aunque ella no sea consciente, su asociación pertenece a esas redes interconectadas que forman parte del movimiento de mujeres; y de lo privado a lo público, ya que ha dado ese paso en el que se halla la diferencia entre pertenecer a la sociedad civil o no.

Lo más importante del proceso de asociacionismo, son los pasos de cambio personal y colectivos –como apuntaba Teresa Alba- que se generan a través de actividades que de manera directa no responden a reivindicaciones feministas. Las propias mujeres que se asocian no son conscientes de este componente feminista, pero lo cierto es que los beneficios que de esto se desprenden tienen mucho que ver con un movimiento emancipatorio propio de los postulados feministas. Dolores, a través de su asociacionismo – aunque no sea consciente- está contribuyendo al cambio social y al empoderamiento femenino –el propio y el colectivo-.

 De hecho, el movimiento feminista ha tenido una gran incidencia en los diferentes espacios puente con los que, tradicionalmente, han contado las mujeres – de carácter informal y basados en relaciones de amistad, vecindad, de ocio o trabajo-. La situación del feminismo es absolutamente variada y sus características varían social y culturalmente. Sin embargo, la gran expansión en todo el mundo, de lo que se denomina Movimiento Amplio de Mujeres recoge con fuerza las posibilidades de empoderamiento femenino, y como hemos apuntado las asociaciones pertenecen a esas redes que tejen el movimiento amplio de mujeres.

Dicho movimiento, igual que el feminismo se caracteriza por formas de organización y de lucha que transcurren en diferentes espacios y temporalidades, con objetivos que van desde la mejora del bienestar familiar y comunal hasta objetivos a más largo plazo en relación a la subordinación, -y que tienen también- una presencia desigual en la escena social; plantea diferentes demandas, incluso contradictorias y no siempre expresa de forma evidente reivindicaciones que apunten a transformar las relaciones de género, como apunta Virginia Maquiera.

Sin embargo, pese a las diferencias que separan a estas formas de participación, todas se construyen y legitimizan sobre el mismo elemento: el rol tradicional de las mujeres de cuidadoras y defensoras del hogar.

Hay otra idea que señala Virginia Maquieira, más reivindicativa y más próxima al concepto de movimiento feminista, que plasma el asociacionismo como una herramienta de organización del inconformismo y la rebeldía de las mujeres, que les aporta descubrimientos para su desarrollo personal y la sociedad en la que viven; es con esta reflexión con la que me quedo después de haber entrevistado a Dolores. Ella no se ha conformado con el rol que tradicionalmente se establece para ella; su pequeño acto de rebeldía ha conseguido que se descubra a sí misma y tenga la necesidad de desarrollarse personalmente, de saber que su bienestar personal no sólo pasa por ser una buena madre y esposa; y es precisamente este cambio en la percepción de las cosas, lo que contribuye al redescubrimiento de la misma sociedad en la que ha vivido durante 73 años, es decir, de tener conciencia de que las cosas evolucionan y de que todo es proclive a ser cuestionado.

 La realidad asociativa de las mujeres en la ciudad de Valencia como podemos ver en el texto de Teresa Yeves “Recuperando la memoria histórica”, responde a la complejidad con la que define Maquieira al movimiento amplio de mujeres, y define las variantes asociativas haciendo referencia a distintas características:

La diversidad de sus actividades y de sus trayectorias ideológicas.
Los diferentes objetivos específicos.
La diversidad de metodologías y campos de incidencia.
La variedad en su ubicación espacial.
Los colectivos claramente diferenciados de mujeres.

Pese a esta diversidad entre las distintas asociaciones, Maquieira mantiene que hay entre ellas “un factor dinamizante y aglutinador que responde a un denominador común y que se puede resumir de la siguiente manera: una serie de necesidades y demandas a las que las mujeres quieren dar respuesta. Este factor común de la actividad organizada de las mujeres refleja implícita o explícitamente un cuestionamiento de las relaciones de género vigentes que se manifiesta a través de tres ejes diferenciados pero que a menudo se solapan:

1) La reivindicación de identidades negadas.
2) La necesidad de dar solución a las carencias acumuladas.
3) La identificación solidaria con las mujeres más desfavorecidas.

Estos tres ejes los hemos visto reflejados en la historia que Dolores nos ha relatado y, en la innegable importancia que estar asociada tiene para ella; importancia que va más allá de ocupar un cargo en la junta de la asociación o participar en una asamblea, supone un cambio interno que le devuelve una identidad negada o falseada por una cuestión cultural.

Como nos apuntaba Maquieira, hay una gran disparidad de asociaciones y de mujeres que las frecuentan, de la misma manera existen grandes contrastes en los motivos primeros que las llevo a cada una a asociarse. Estas mujeres, ni se definen como feministas, ni tienen la percepción de que están realizando un acto de “revolución” que hace veinte años hubiera sido imposible llevar a cabo y, que con esos hechos están cambiando el discurso que ha venido repitiendo el patriarcado desde tiempos inmemoriales.

Al final, el asociacionismo y los espacios puente son estrategias que las mujeres –muchas veces sin saberlo- realizan como mecanismos de emancipación respecto a sus roles tradicionales, sin que se perciba claramente por parte de su entorno, ese “abandono” de tareas. Resulta muy interesante, visto desde fuera, cómo éstas mujeres no son conscientes de que lo que están haciendo significa una clara transgresión del orden patriarcal.

Con ese acto emancipatorio, están contribuyendo a la reestructuración del espacio de la familia, lo que afecta directamente al universo simbólico que cada miembro de la familia ha interiorizado siempre y para el cual se le ha socializado.
Estos cambios simbólicos suponen un claro avance en clave de igualdad. Como afirma Hannerz “ahí donde se dé una gran diversidad de roles, las personas están más preparadas para encarar tensiones y conflictos nuevos, poseen una capacidad adaptativa a nuevas circunstancias; mientras que donde se dé una menor diversidad de roles, es fácil que haya soluciones más institucionalizadas a los conflictos y problemas”.
En el caso de las mujeres que salen de sus casas y están en contacto en las asociaciones con: nuevas amistades, nuevas experiencias, conocimiento, cultura, etc.; esta forma nueva de percibir una realidad de manera más amplia, les permite hacer el ejercicio de ver las cosas con distancia. Estos nuevos aprendizajes precisan de unos espacios y tiempos donde las personas estén expuestas a experiencias más amplias que les permitan percibir, aprehender y evaluar situaciones anteriores desde otras perspectivas.

Como apunta Teresa del Valle, el asociacionismo posibilita la asunción de protagonismos que ayudan a diferenciarlo de una mera participación. El protagonismo indica el erigirse en sujetos de aquello en lo que se quiere incidir, transformar, cambiar. Una pueda colaborar sin ser protagonista mientras que el protagonismo sí que encierra participación.
Las mujeres han sido más participantes que protagonistas a lo largo de la historia, y en mi opinión Dolores – y muchas mujeres como ella- han eligió ser protagonistas.


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